El Lado Oscuro de la Ciudad

 

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A veces bloqueo vivencias que me causan emociones negativas, como si ignorarlas evitara el dolor. Así me pasó con la primera visita a los townships de Ciudad del Cabo, los cuales fueron creados durante el Apartheid en Sur Africa como estrategia para la segregación racial. A pesar de haber compartido con diversas comunidades en situación de pobreza extrema en Colombia y el mundo, lo que aquí veo me impacta a tal punto que no he sido capaz de escribir. Como describo en mi post “Amor a primera Vista” son muchas las cosas que me han fascinado de este lugar. Quizás es precisamente por esto que el contraste con “la otra ciudad”, como la llama mi hijo, me causa tanta indignación.

Durante el Apartheid todo el que no fuera completamente blanco fue removido a la fuerza del centro de la ciudad y reasentado en barrios en las afueras según el color de su piel: negro, indio y de color (personas mezcladas entre diversas razas). Más de 3.5 millones de surafricanos fueron reasentados forzosamente en townships entre 1948 y 1994. Es impresionante ver como estos barrios se crearon con planeación milimétrica e inteligencia militar. Los townships tienen por lo general solo una o dos entradas y el resto del barrio, está rodeado de rejas y otras barreras como autopistas o zanjas que los aíslan completamente del barrio aledaño, aunque en él viva un antiguo vecino o familiar; ese era el objetivo, aislar por completo a quien no fuera blanco. Durante más de cuatro décadas las personas negras y de color fueron totalmente excluidas del sistema político, económico y social. Ningún negocio era permitido en estos barrios a excepción de la venta de licor.

A raíz del déficit habitacional han ido creciendo barrios aledaños formales e informales. Muchos de los que vi son secos, no hay parques ni árboles. Viven hacinados, hay muchos niños solos en las calles, jóvenes mirando el tiempo pasar, caras tristes, sin ilusiones, asolados por la falta de oportunidades y el calor infernal. Aquí no se puede venir solo, es peligroso. El crimen y el abuso de drogas son pan de cada día. Quizás lo que más me impactó fueron los baños públicos. Ninguna casa tiene baño privado. ¿Se imaginan tener que hacer fila con todos los vecinos para poder ir al baño? ¿Tendrán un momento de privacidad? ¿Y la seguridad de los niños y las mujeres? Siento mi corazón agitado cuando me acerco a este lugar. Como si fuera poco me entero que en casi todos los barrios hay uno que controla los baños, el mafioso local. Cobra “coima” para dar privilegios y a través de la fuerza mantiene un baño para su uso exclusivo y el de su familia.

Una persona que vivió el Apartheid cuando niño me cuenta que la división era tan absurda que un día llegó un representante del gobierno a su casa y enfiló a sus hermanos para hacerles una prueba de color. La prueba consistía en pasar una peinilla por su cabeza. Si la peinilla pasaba fácil, eran de color; si no, eran negros. En su familia algunos hermanos fueron negros y otros de color. Yo soy de color según estas divisiones. Nunca había mirado mi identidad en términos de raza, muchos menos mis derechos. Tenía claro que el abuso humano durante esa época había sido aterrador. Pero no estaba preparada para ver, 20 años después de terminar el Apartheid, que al menos en Ciudad del Cabo, este se sigue sintiendo de manera intensa aunque la ley prohíba la discriminación racial.

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En el centro de Ciudad del Cabo y en las zonas más ricas uno se siente viviendo en un país mayoritariamente blanco a pesar de que el 75% porciento de la población de la ciudad es negra y de color. Es indudable que hay logros importantes en términos de reconciliación, legislación y construcción de instituciones democráticas, pero en desarrollo e inclusión social falta muchísimo por hacer. Según cifras oficiales de la Provincia del Cabo Occidental, cerca del 20% de la población en Ciudad del Cabo vive debajo de la línea de pobreza. El desempleo es de 23.9%. El 94% de estas personas son negras o de color. Parece que los daños estructurales del Apartheid fueron tan profundos que aun hoy sigue estando esta población en profunda desventaja.

Solo espero que los habitantes y el gobierno local de Ciudad del Cabo no hagan lo mismo que yo después de mi primera vista a los townships: ignorar esta realidad para evitar el dolor o peor aun la incomodidad de este lado oscuro de la ciudad. Espero también que en Colombia ¡despertemos! porque pasan los años y nos seguimos haciendo los ciegos frente a la deuda social que tenemos con nuestra población afro.

 

 

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