Yo Cuando Grande Quiero ser una Niña

image1 (1).JPG

“¿Cuánto tiempo nos vamos para Cape Town, mamá, un mes o un año?”, me preguntó mi hijo de seis años el día en que cerramos nuestra casa. Sentí que me derreteía de amor con su inocencia. Quizás era esto lo que a veces me asustaba. Pensar que podemos hacer lo que queramos con nuestros hijos, que ellos simplemente nos siguen durante los primeros años de vida.

Suelo decirle a Tommaso cuando me pregunta por qué lo mando, que ahora es mi turno, que mi deber es mostrarle el camino, que muy pronto, cuando menos lo espera, estará emprendiendo él su propio camino. Pues bien, hacer un año sabático en Sur Africa con nuestro hijo ha sido absolutamente maravilloso. Y aunque en principio elegimos nosotros este camino, ha sido él quien más enseñanzas nos ha traído. Comparto aquí algunas de las que más he aprendido.

Cuando somos flexibles todo fluye

Quizás lo único que me inquietaba de cerrar mi vida en Colombia por un año era el bienestar de mi hijo. Me preguntaba cómo sería dejar sus amigos, decirle adiós a su abuela, hablar en otro idioma. Aquí no tenemos ayuda en la casa, vivimos en un espacio mucho más pequeño. En fin, era la primera vez que sacaba a mi niño de su zona cómoda, y aunque en el fondo sabía que se adaptaría, me soprendió la facilidad con que lo hizo. ¡Qué envidia la flexibilidad de los niños! Van por la vida aceptando lo que viene sin rollos, simplemente fluyen, andan más ligeros.

Después de unos días de vacaciones juntos, fuimos un viernes a conocer su colegio, entraba el lunes. Habló poco, escuchó mucho, observó. Al salir del colegio nos dijo: “. . . en realidad, si tengo algo de miedo…” Lo hablamos, supo que también sus papás han sentido miedo. El primer día de colegio lo acompañamos. Después de cruzar un corredor lleno de niños de todos los colores, nos soltó la mano. “Estoy listo papás, yo sigo solo”. Y así ha sido con cada cambio que le ha llegado. En el primer mes de viaje dormimos en 4 lugares. A cada uno lo convirtió en su casa, se apropió del parque vecino, hizo amigos donde había niños. Recordé entonces, además de lo fácil que podemos afrontar nuestros cambios si nos lo proponemos, que el hogar no está en el espacio físico que habitamos sino en los lazos de amor, solidaridad y confianza que construimos con quien vivimos.

¿Padres perfectos? No vale la pena

Por primera vez desde que Tommaso llegó a nuestras vidas, todo es totalmente nuevo para todos. No conocemos las calles, ni la gente, ni sus costumbres. Me enredo abriendo una cuenta en el banco. A veces me pierdo, me ofusco, no tengo respuestas. Me gusta no tenerlas, dejar que me conozca vulnerable. Es lindo necesitar a mi hijo tanto como él me necesita. Ahora me ayuda, me orienta en la calle, pica los tomates, pone la mesa, saca la basura. Veo que crece más rápido de lo que imaginaba. Siento que ahora que sabe que soy vulnerable Tommaso propone, participa, asume mucho más sus responsabilidades. Quizás a veces pecamos los padres tratando de ser fuertes y tener solución para todo.

El placer de vivir ligeros

Cuando salimos de casa en Colombia Tommaso empacó 5 libros, 2 legos viejos, y un par de carritos. Nos nos cabía más en nuestro equipaje. En navidad recibió una carta de Papá Noel explicándole que este año sus regalos serían experiencias maravillosas y no cosas materiales. Las cosas a veces se rompen, se pierden o se dañan, las experiencias se quedan por siempre en tu corazón y memoria. Tommaso lo aceptó con alegría. Aquí juega con cajas de cartón y madera. Toma clases de surf. Recoge palitos, corre, salta, conversa, lee. Caminamos, nos contamos historias, vivimos con poco pero llenos de alegría.

Nada te lleva tan lejos como las preguntas

Mamá, ¿cuántas galaxias hay en el mundo?¿Los pájaros tienen buena nariz?¿Por qué el pelo nace pegado a la cabeza? ¿Por qué los humanos no comemos plantum si es nutritivo y gratis? ¿Por qué yo no soy negro?”

Hoy más que nunca Tommaso pregunta, cuestiona e indaga. Me lleva a volar con sus inquietudes. Ojalá los adultos hiciéramos tantas preguntas como los niños. Mi hijo me ha hecho volver a nutrir mis curiosidades. Me ayuda a dudar y volver a preguntar, a insistir en el cómo, el por qué, y el quién sabe. Ahora, más que respuestas quiero preguntas, me llevan más allá de mi misma y mis posibilidades.

Gracias Tommaso, por enseñarme e inspirarme. Lo he decidido: yo cuando grande quiero ser una niña.

El Lado Oscuro de la Ciudad

 

image1 (1)

A veces bloqueo vivencias que me causan emociones negativas, como si ignorarlas evitara el dolor. Así me pasó con la primera visita a los townships de Ciudad del Cabo, los cuales fueron creados durante el Apartheid en Sur Africa como estrategia para la segregación racial. A pesar de haber compartido con diversas comunidades en situación de pobreza extrema en Colombia y el mundo, lo que aquí veo me impacta a tal punto que no he sido capaz de escribir. Como describo en mi post “Amor a primera Vista” son muchas las cosas que me han fascinado de este lugar. Quizás es precisamente por esto que el contraste con “la otra ciudad”, como la llama mi hijo, me causa tanta indignación.

Durante el Apartheid todo el que no fuera completamente blanco fue removido a la fuerza del centro de la ciudad y reasentado en barrios en las afueras según el color de su piel: negro, indio y de color (personas mezcladas entre diversas razas). Más de 3.5 millones de surafricanos fueron reasentados forzosamente en townships entre 1948 y 1994. Es impresionante ver como estos barrios se crearon con planeación milimétrica e inteligencia militar. Los townships tienen por lo general solo una o dos entradas y el resto del barrio, está rodeado de rejas y otras barreras como autopistas o zanjas que los aíslan completamente del barrio aledaño, aunque en él viva un antiguo vecino o familiar; ese era el objetivo, aislar por completo a quien no fuera blanco. Durante más de cuatro décadas las personas negras y de color fueron totalmente excluidas del sistema político, económico y social. Ningún negocio era permitido en estos barrios a excepción de la venta de licor.

A raíz del déficit habitacional han ido creciendo barrios aledaños formales e informales. Muchos de los que vi son secos, no hay parques ni árboles. Viven hacinados, hay muchos niños solos en las calles, jóvenes mirando el tiempo pasar, caras tristes, sin ilusiones, asolados por la falta de oportunidades y el calor infernal. Aquí no se puede venir solo, es peligroso. El crimen y el abuso de drogas son pan de cada día. Quizás lo que más me impactó fueron los baños públicos. Ninguna casa tiene baño privado. ¿Se imaginan tener que hacer fila con todos los vecinos para poder ir al baño? ¿Tendrán un momento de privacidad? ¿Y la seguridad de los niños y las mujeres? Siento mi corazón agitado cuando me acerco a este lugar. Como si fuera poco me entero que en casi todos los barrios hay uno que controla los baños, el mafioso local. Cobra “coima” para dar privilegios y a través de la fuerza mantiene un baño para su uso exclusivo y el de su familia.

Una persona que vivió el Apartheid cuando niño me cuenta que la división era tan absurda que un día llegó un representante del gobierno a su casa y enfiló a sus hermanos para hacerles una prueba de color. La prueba consistía en pasar una peinilla por su cabeza. Si la peinilla pasaba fácil, eran de color; si no, eran negros. En su familia algunos hermanos fueron negros y otros de color. Yo soy de color según estas divisiones. Nunca había mirado mi identidad en términos de raza, muchos menos mis derechos. Tenía claro que el abuso humano durante esa época había sido aterrador. Pero no estaba preparada para ver, 20 años después de terminar el Apartheid, que al menos en Ciudad del Cabo, este se sigue sintiendo de manera intensa aunque la ley prohíba la discriminación racial.

image4 (1)

En el centro de Ciudad del Cabo y en las zonas más ricas uno se siente viviendo en un país mayoritariamente blanco a pesar de que el 75% porciento de la población de la ciudad es negra y de color. Es indudable que hay logros importantes en términos de reconciliación, legislación y construcción de instituciones democráticas, pero en desarrollo e inclusión social falta muchísimo por hacer. Según cifras oficiales de la Provincia del Cabo Occidental, cerca del 20% de la población en Ciudad del Cabo vive debajo de la línea de pobreza. El desempleo es de 23.9%. El 94% de estas personas son negras o de color. Parece que los daños estructurales del Apartheid fueron tan profundos que aun hoy sigue estando esta población en profunda desventaja.

Solo espero que los habitantes y el gobierno local de Ciudad del Cabo no hagan lo mismo que yo después de mi primera vista a los townships: ignorar esta realidad para evitar el dolor o peor aun la incomodidad de este lado oscuro de la ciudad. Espero también que en Colombia ¡despertemos! porque pasan los años y nos seguimos haciendo los ciegos frente a la deuda social que tenemos con nuestra población afro.