Conversaciones con mi alma

Conversación con mi Alma

¿Cómo es posible estar en el paraíso y a la vez, sufrir?  Confieso que, en parte, por eso dejé de compartir lo que escribo. Después de varios meses de magia y éxtasis en este lugar maravilloso, en mi plan soñado y con mi hermosa familia, mi energía vital disminuía. Mi padre se enfermó, pasamos semanas creyendo que era un cáncer y vivir desde lejos el sufrimiento de mis viejos, me agobió. Tuve dificultades en el trabajo, temores, conflictos y en la empresa de la familia hubo complicaciones. Todo esto resultó en horas extra de trabajo, a veces hasta la madrugada, e igual, muchas horas de insomnio por la preocupación.

Como quise negar mi angustia y seguir como si nada – ¡no podía sufrir en mi año sabático! – mi cuerpo comenzó a hablar. Llegó el dolor de cabeza y también peleas tontas con mi marido que hacían más difícil la situación. Hoy, miro hacia atrás y siento ternura, compasión. Compasión hacia mí y hacia todos los seres humanos que vinimos a este planeta para aprender.

Gracias a este bajón recordé que el alma es como el cuerpo. No basta con aprender o hacer ejercicio una vez, es un proceso constante, que implica  disciplina y entrega. La vida está llena de obstáculos y dificultades; el reto está en aprender a bailar con ellos y en valorar cada momento, agradecer. Como me dijo una vez una amiga: “el 10% de la vida es lo que nos sucede, el 90% es como reaccionamos”.

Estas semanas de “sufrimiento” me llevaron de nuevo a un camino que llevo explorando hace varios años y en el que estoy convencida hay muchísimas respuestas y soluciones a los dolores que vivimos como sociedad. Creo que para construir un mundo más justo, pacífico e incluyente necesitamos transformaciones personales que nos permitan ser las mejores personas que podemos ser. Si bien es tabú para muchos, todos los seres humanos estamos llenos de miedos, inseguridades, rabias y ansiedades que se manifiestan sobretodo ante obstáculos normales de la vida.  Creo que solo si logramos sanar y superar esto individualmente seremos capaces de construir una sociedad diferente. El mundo necesita personas capaces de escuchar y ponerse en la piel del otro para conectarse de manera auténtica y profunda. Solo así, crearemos puentes entre diversos sectores, actores e iniciativas para llegar al cambio que soñamos. El mayor obstáculo para lograrlo son precisamente esos miedos, rabias e inseguridades.

Hay muchas opciones para explorar esto. Hay quienes escogen trabajar de la mano de guías como maestros, coaches, psicólogos. Yo tuve un coach maravilloso. Organizaciones como Synergos, de la cual soy fellow, promueven diversas herramientas que, a mi personalmente, me han cambiado la vida. Entre muchas, resalto su simple invitación a hablar con el alma, la cual no se comunica con la razón sino con la percepción; su lenguaje es la música, la poesía, el juego, la meditación, la naturaleza, el silencio. Cuando te das la oportunidad de vivir estos lenguajes de forma consciente empiezan a llegar respuestas y mensajes contundentes para tu vida.

Otra herramienta maravillosa que me ha sido muy útil es el diálogo de voces que se explica de forma detallada en el libro “Embracing Ourselves” de Sidra y Hal Stone. Resumiendo de forma muy básica, el diálogo de voces invita a reconocer y abrazar toda la gama de YO´s que tenemos los seres humanos por dentro como: la niña mágica, la aventurera, el soldado regañón, el niño vulnerable, el hacedor o la mamá protectora que, a veces, nos sale hasta con el marido. Identificar estas voces y dialogar con ellas te ayudan a mejorar tu relación contigo mismo y con los demás, y a tener mayor perspectiva para tomar mejores decisiones y enfrentar los retos de la vida diaria. En fin, es imposible explicarlo en detalle, pero si te llega, sugiero este libro y el siguiente de los mismos autores que se llama “Embracing Eachother” que propone un proceso similar, pero entre parejas.

Hay otro camino con el que me siento plenamente identificada: la conexión profunda con la naturaleza, el planeta tierra. Como dice Peggy Dulany la Fundadora de Synergos: “Si le das a la tierra la oportunidad de sostenerte y te das a ti la oportunidad de sentir lo que es estar protegido o abrazado por ella, tendrás la bases para balancear la voces del miedo, la ansiedad y la pequeñez”. Hace un poco más de un año tuve la oportunidad de asistir con ella a un retiro en Guanajuato, México. ¡Una experiencia suprema, de conexión profunda con la voz de mi alma! Después de un trabajo interior intenso de varios días, ayunamos durante 24 horas y estuvimos solos en una montaña en silencio. Tengo cuadernos enteros del trabajo interior que realicé, pero algo en particular me liberó y sanó uno de mis más grandes miedos.

Alejo, mi primo, llevaba ya muchos meses batallando su cáncer. Yo no había sido capaz de llorarlo, sentía que eso implicaba soltarlo, aceptar que se iría, lo que yo no quería. A medida que fui conectando con la voz de mi alma, iba entendiendo con claridad mi necesidad de asumir esto de frente. El dolor de espalda llevaba 5 semanas por primera vez en mi vida y supe, sin necesidad de explicación racional, que ahí estaba aferrado mi apego, mi miedo a perderlo, a despedir para siempre a mi amigo adorado.

Les sonará un poco loco pero este ritual fue tan poderoso que lo comparto por si a alguien le sirve. Medité un buen rato. Caminé, observé con atención plena diversos elementos de la naturaleza. Abrí un hueco en la tierra del tamaño de mi cara con mis dos manos y puse mi cara en él, acostada boca abajo y respiré, descansé, me entregué a la tierra.Después de unos minutos, como por arte de magia, comencé a llorar como no lo hacía desde que era una niña. Lloré, lloré y lloré. Me liberé.

Después de un buen rato al alzar mi cara, observé como una fila de hormigas se detenía en el hueco para beber de mis lágrimas. Sentí una brisa tibia acariciar mi espalda, mi pelo. Sentí a Alejo, lo vi en un águila con pecho rojo que me observaba con compasión y sabiduría. Vi el agua encontrando por donde fluir en un riachuelo a pesar de unas rocas y palos gigantes que obstaculizaban su paso.Vi como todo está conectado. Desapareció el tiempo. No hubo pasado ni futuro, solo presente. Presencia plena. Lo entendí todo, o, mejor dicho, lo sentí todo. Supe que él nunca se iría. Acepté que somos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos y que estamos conectados como un TODO. Solté sin miedo. Acepté que soy energía que no nace ni muere sino que se transforma. Comprendí la muerte como parte fundamental de la vida.

No quiero probar si esto es cierto o no. No me interesa convencer a nadie. Es mi verdad, mi propia comprensión del universo, que es solo un pequeño ejemplo de lo que sucede cuando te permites sentir de verdad el ser sostenido, protegido y arrullado por la madre tierra. Cuando te conectas a través de ella con el universo, el cielo, el milagro de la vida (algunos lo llaman Dios) te conviertes en tu YO extendido o tu Yo más grande que, volviendo a las palabras de Peggy, es alguien que tiene el corazón abierto y puede sentir gratitud, acceder a más creatividad; alguien conectado con un todo más grande, que conoce muy bien la persona que es y le gusta la persona que es. Al final, esto nos ayuda a sentirnos seguros y conectados en un sentido más amplio y a explorar así nuestro máximo potencial como seres humanos.

No basta con un ritual o un ejercicio de un día. La vida es un largo camino lleno de pruebas y dificultades. Aún en un año sabático donde las fotos del Instagram muestran una vida plena, hay momentos de estrés, tristeza o miedo. El trabajo del alma es un reto constante que exige disciplina. Yo medito a menudo.  Me aseguro de estar en silencio en la naturaleza por lo menos una vez a la semana. Prácticas así me ayudan a vivir más feliz, a balancear mi vida personal y familiar con los retos profesionales, a seguir mi propio norte, mi verdad y a construir relaciones humanas profundas y significativas.

Como emprendedora social, se que el bienestar y el crecimiento personal son necesidades sentidas por la gran mayoría de nosotros que nos obsesionamos por cambiar el mundo, aún a costa de nuestra propia salud y familia. Seguramente no somos los únicos. También los ejecutivos, las madres, los jóvenes, los políticos, los médicos se beneficiarían. Es importante asumir el ejercicio del alma como lo hacemos con el cuerpo. Por algo el cliché: para cambiar el mundo debemos cambiar nosotros primero.

 

 

 

Yo Cuando Grande Quiero ser una Niña

image1 (1).JPG

“¿Cuánto tiempo nos vamos para Cape Town, mamá, un mes o un año?”, me preguntó mi hijo de seis años el día en que cerramos nuestra casa. Sentí que me derreteía de amor con su inocencia. Quizás era esto lo que a veces me asustaba. Pensar que podemos hacer lo que queramos con nuestros hijos, que ellos simplemente nos siguen durante los primeros años de vida.

Suelo decirle a Tommaso cuando me pregunta por qué lo mando, que ahora es mi turno, que mi deber es mostrarle el camino, que muy pronto, cuando menos lo espera, estará emprendiendo él su propio camino. Pues bien, hacer un año sabático en Sur Africa con nuestro hijo ha sido absolutamente maravilloso. Y aunque en principio elegimos nosotros este camino, ha sido él quien más enseñanzas nos ha traído. Comparto aquí algunas de las que más he aprendido.

Cuando somos flexibles todo fluye

Quizás lo único que me inquietaba de cerrar mi vida en Colombia por un año era el bienestar de mi hijo. Me preguntaba cómo sería dejar sus amigos, decirle adiós a su abuela, hablar en otro idioma. Aquí no tenemos ayuda en la casa, vivimos en un espacio mucho más pequeño. En fin, era la primera vez que sacaba a mi niño de su zona cómoda, y aunque en el fondo sabía que se adaptaría, me soprendió la facilidad con que lo hizo. ¡Qué envidia la flexibilidad de los niños! Van por la vida aceptando lo que viene sin rollos, simplemente fluyen, andan más ligeros.

Después de unos días de vacaciones juntos, fuimos un viernes a conocer su colegio, entraba el lunes. Habló poco, escuchó mucho, observó. Al salir del colegio nos dijo: “. . . en realidad, si tengo algo de miedo…” Lo hablamos, supo que también sus papás han sentido miedo. El primer día de colegio lo acompañamos. Después de cruzar un corredor lleno de niños de todos los colores, nos soltó la mano. “Estoy listo papás, yo sigo solo”. Y así ha sido con cada cambio que le ha llegado. En el primer mes de viaje dormimos en 4 lugares. A cada uno lo convirtió en su casa, se apropió del parque vecino, hizo amigos donde había niños. Recordé entonces, además de lo fácil que podemos afrontar nuestros cambios si nos lo proponemos, que el hogar no está en el espacio físico que habitamos sino en los lazos de amor, solidaridad y confianza que construimos con quien vivimos.

¿Padres perfectos? No vale la pena

Por primera vez desde que Tommaso llegó a nuestras vidas, todo es totalmente nuevo para todos. No conocemos las calles, ni la gente, ni sus costumbres. Me enredo abriendo una cuenta en el banco. A veces me pierdo, me ofusco, no tengo respuestas. Me gusta no tenerlas, dejar que me conozca vulnerable. Es lindo necesitar a mi hijo tanto como él me necesita. Ahora me ayuda, me orienta en la calle, pica los tomates, pone la mesa, saca la basura. Veo que crece más rápido de lo que imaginaba. Siento que ahora que sabe que soy vulnerable Tommaso propone, participa, asume mucho más sus responsabilidades. Quizás a veces pecamos los padres tratando de ser fuertes y tener solución para todo.

El placer de vivir ligeros

Cuando salimos de casa en Colombia Tommaso empacó 5 libros, 2 legos viejos, y un par de carritos. Nos nos cabía más en nuestro equipaje. En navidad recibió una carta de Papá Noel explicándole que este año sus regalos serían experiencias maravillosas y no cosas materiales. Las cosas a veces se rompen, se pierden o se dañan, las experiencias se quedan por siempre en tu corazón y memoria. Tommaso lo aceptó con alegría. Aquí juega con cajas de cartón y madera. Toma clases de surf. Recoge palitos, corre, salta, conversa, lee. Caminamos, nos contamos historias, vivimos con poco pero llenos de alegría.

Nada te lleva tan lejos como las preguntas

Mamá, ¿cuántas galaxias hay en el mundo?¿Los pájaros tienen buena nariz?¿Por qué el pelo nace pegado a la cabeza? ¿Por qué los humanos no comemos plantum si es nutritivo y gratis? ¿Por qué yo no soy negro?”

Hoy más que nunca Tommaso pregunta, cuestiona e indaga. Me lleva a volar con sus inquietudes. Ojalá los adultos hiciéramos tantas preguntas como los niños. Mi hijo me ha hecho volver a nutrir mis curiosidades. Me ayuda a dudar y volver a preguntar, a insistir en el cómo, el por qué, y el quién sabe. Ahora, más que respuestas quiero preguntas, me llevan más allá de mi misma y mis posibilidades.

Gracias Tommaso, por enseñarme e inspirarme. Lo he decidido: yo cuando grande quiero ser una niña.

El Lado Oscuro de la Ciudad

 

image1 (1)

A veces bloqueo vivencias que me causan emociones negativas, como si ignorarlas evitara el dolor. Así me pasó con la primera visita a los townships de Ciudad del Cabo, los cuales fueron creados durante el Apartheid en Sur Africa como estrategia para la segregación racial. A pesar de haber compartido con diversas comunidades en situación de pobreza extrema en Colombia y el mundo, lo que aquí veo me impacta a tal punto que no he sido capaz de escribir. Como describo en mi post “Amor a primera Vista” son muchas las cosas que me han fascinado de este lugar. Quizás es precisamente por esto que el contraste con “la otra ciudad”, como la llama mi hijo, me causa tanta indignación.

Durante el Apartheid todo el que no fuera completamente blanco fue removido a la fuerza del centro de la ciudad y reasentado en barrios en las afueras según el color de su piel: negro, indio y de color (personas mezcladas entre diversas razas). Más de 3.5 millones de surafricanos fueron reasentados forzosamente en townships entre 1948 y 1994. Es impresionante ver como estos barrios se crearon con planeación milimétrica e inteligencia militar. Los townships tienen por lo general solo una o dos entradas y el resto del barrio, está rodeado de rejas y otras barreras como autopistas o zanjas que los aíslan completamente del barrio aledaño, aunque en él viva un antiguo vecino o familiar; ese era el objetivo, aislar por completo a quien no fuera blanco. Durante más de cuatro décadas las personas negras y de color fueron totalmente excluidas del sistema político, económico y social. Ningún negocio era permitido en estos barrios a excepción de la venta de licor.

A raíz del déficit habitacional han ido creciendo barrios aledaños formales e informales. Muchos de los que vi son secos, no hay parques ni árboles. Viven hacinados, hay muchos niños solos en las calles, jóvenes mirando el tiempo pasar, caras tristes, sin ilusiones, asolados por la falta de oportunidades y el calor infernal. Aquí no se puede venir solo, es peligroso. El crimen y el abuso de drogas son pan de cada día. Quizás lo que más me impactó fueron los baños públicos. Ninguna casa tiene baño privado. ¿Se imaginan tener que hacer fila con todos los vecinos para poder ir al baño? ¿Tendrán un momento de privacidad? ¿Y la seguridad de los niños y las mujeres? Siento mi corazón agitado cuando me acerco a este lugar. Como si fuera poco me entero que en casi todos los barrios hay uno que controla los baños, el mafioso local. Cobra “coima” para dar privilegios y a través de la fuerza mantiene un baño para su uso exclusivo y el de su familia.

Una persona que vivió el Apartheid cuando niño me cuenta que la división era tan absurda que un día llegó un representante del gobierno a su casa y enfiló a sus hermanos para hacerles una prueba de color. La prueba consistía en pasar una peinilla por su cabeza. Si la peinilla pasaba fácil, eran de color; si no, eran negros. En su familia algunos hermanos fueron negros y otros de color. Yo soy de color según estas divisiones. Nunca había mirado mi identidad en términos de raza, muchos menos mis derechos. Tenía claro que el abuso humano durante esa época había sido aterrador. Pero no estaba preparada para ver, 20 años después de terminar el Apartheid, que al menos en Ciudad del Cabo, este se sigue sintiendo de manera intensa aunque la ley prohíba la discriminación racial.

image4 (1)

En el centro de Ciudad del Cabo y en las zonas más ricas uno se siente viviendo en un país mayoritariamente blanco a pesar de que el 75% porciento de la población de la ciudad es negra y de color. Es indudable que hay logros importantes en términos de reconciliación, legislación y construcción de instituciones democráticas, pero en desarrollo e inclusión social falta muchísimo por hacer. Según cifras oficiales de la Provincia del Cabo Occidental, cerca del 20% de la población en Ciudad del Cabo vive debajo de la línea de pobreza. El desempleo es de 23.9%. El 94% de estas personas son negras o de color. Parece que los daños estructurales del Apartheid fueron tan profundos que aun hoy sigue estando esta población en profunda desventaja.

Solo espero que los habitantes y el gobierno local de Ciudad del Cabo no hagan lo mismo que yo después de mi primera vista a los townships: ignorar esta realidad para evitar el dolor o peor aun la incomodidad de este lado oscuro de la ciudad. Espero también que en Colombia ¡despertemos! porque pasan los años y nos seguimos haciendo los ciegos frente a la deuda social que tenemos con nuestra población afro.

 

 

Amor a Primera Vista

IMG_3861

La noche antes de viajar a Cape Town no dormí. Mi mente me hizo una mala jugada. El reloj cruzaba la media noche y con cada minuto creaba una escena aterradora. ¿Será tan inseguro como me han dicho? ¿Qué tal que me pierda? ¿Estará bien protegido Tommaso? ¿Y si le pasa algo? Y así, pasé la noche con pensamientos negativos creados por el miedo o el ego, que no es más que la falsa separación de nuestra mente del AMOR o del TODO. Cuando vuelves al amor, todo fluye.

Decidí escribir mi primer blog durante el vuelo y con este recordé por qué había aceptado mi cita a ciegas con Cape Town para vivir un año con ella. Y fue así, con el corazón abierto y acelerado que la vi por primera vez. Fue amor a primera vista. Sus formas, sus colores, sus olores, su sonrisa, todo me gustó. Soy bastante citadina pero en ningún lugar del planeta me siento más plena y conectada como cuando estoy en la naturaleza, y en esta ciudad te abraza la naturaleza!!

Nunca antes vi una geografía tan hermosa y poderosa en un contexto urbano. En este lugar recuerdas que tú eres parte de la naturaleza y no vice versa. Las montañas son sencillamente espectaculares, las playas blancas preciosas con rocas enormes y olas gigantescas. La diversidad biológica parece infinita: más de 8.200 especies de plantas hay identificadas en la península del cabo, 3 veces más por kilometro cuadrado que en todo Sur América. Tiene parques por todas partes, en el centro, en las montañas, en barrios residenciales, en todas las esquinas hay verde! Y viento, mucho viento! Y sol, y cielo azul, y nubes que se mueven sin cesar haciendo figuras fantásticas y hasta un brillante arco iris pude ver el tercer día. Amor a primera vista. Amo esta ciudad-natura.

 

f34e1993808dac63b21ae1cb5fd2cbb7

Su gente es de mil colores. De los 3.1 millones de habitantes la mitad son “coloured,” (personas mezcladas entre diversas razas), un tercio son negros y el resto blancos. Entre los coloured hay una diversidad muy grande. Muchos llegaron al Cabo como esclavos de la India, Malasia e Indonesia y otros como prisioneros políticos y exiliados de las Indias Orientales holandesas. Y a esto se suman los holandeses e ingleses que llegaron durante las colonias y los de todos los países del mundo que en los últimos 20 años han elegido a Ciudad del Cabo como su casa. Esta diversidad se expresa en riqueza cultural.

Cada barrio tiene su propia identidad y su historia y así lo refleja su arquitectura, los bares, los restaurantes. La comida es tan diversa como exquisita. El arte habla en las calles, se siente por todas partes. Esta ciudad ha sido tan importante para el desarrollo del Jazz que existe un subgénero que se llama Cape Jazz. Me encanta. Queremos clases de tambores para toda la familia.

Son muchas las cosas que siento en esta fase de enamoramiento. Como en las relaciones humanas hoy todo brilla. Camino despacio, me río a carcajadas. Quiero bailar, cantar y sacar la mano por la ventana. Cada día es una sorpresa, una fantasía. Ver a Tommaso con todos sus sentidos despiertos absorbiendo esta experiencia vale oro. Todo fluye. Todo es curioso. Cada medio de transporte me ilusiona, hasta en los taxis colectivos hemos hecho amigos. La gente es amable, abierta y generosa. Siento que esta ciudad nos ha abierto sus puertas para que sigamos descubriendo los regalos de esta nueva aventura.

IMG_3844

Como en las relaciones humanas, más allá del hechizo en el enamoramiento hay facetas que quisieras no ver pero que hacen parte central de su identidad y su historia. La experiencia sería irreal si te niegas a verlo. Ayer fue el primer día que visitamos los Townships que fueron creados durante el Apartheid como parte de la estrategia de la segregación racial, que a pesar de haber terminado hace más de 20 años se siguen sintiendo dramáticamente sus consecuencias. Escribiré más adelante sobre esta experiencia. Mientras tanto, la frase de mi hijo Tommaso la resume. “¿Mami, cuándo volvemos a la otra ciudad?”. Estábamos en Cape Town, a veinte minutos del paraíso descrito arriba.

“El 95% de los blancos de esta ciudad jamás ha venido a estos barrios”, nos dice el director del centro del African Center for Cities antes de despedirnos. Yo quiero verla, sentirla y entenderla. Le da sentido a mi vida saber que me involucro, que participo en ella. Para que un amor a primera vista realmente trascienda hay que explorarlo, conocerlo, dar sin esperar nada a cambio, aprender y enseñar y sobretodo nutrir ese amor día a día para seguir vibrando a pesar de sus sombras y oscuridades.

image1 (1)

 

 

Quisiera una hoja en blanco

cape-town-9Todo empezó en la playa, con amigos durante el mundial del 2014 en Rincón del Mar, un lugar mágico en el que viví mis vacaciones desde muy niña, en Sucre, al noroccidente de Colombia. En una noche de rones bajo un cielo estrellado, mi esposo Francesco, quien cumpliría 40 años en noviembre de ese mismo año, se lamentó de tener toda su vida escrita. “Ya no tenemos hojas en blanco”, dijo. “Cuando conocí a Catalina mochileando en México en el 96, todo estaba por escribir. Hoy todo está escrito. Escogí mi profesión, se lo que me gusta, soy papá, lo seré por siempre, vivo en Colombia, me va bien, me gusta mi trabajo, así que aquí seguiré…”

Sus palabras fueron ruido en mis oídos y sin ni siquiera pensarlo reaccioné. “¡Vámonos! De nosotros dependen las hojas en blanco.” Y ese mismo día empezamos juntos a soñar. Yo sí que estaba cómoda. Soy de familia paisa, numerosa y apegada. Vivimos casi todos en Medellín y compartimos hobbies, negocios e ideas de cambio social. Mi madre ha sido fundamental en la crianza de mi hijo Tommaso, de 6 años y una de mis más grandes satisfacciones es haber podido desarrollarme profesionalmente y al mismo tiempo ser muy buena mamá. Tengo un trabajo soñado que me hace feliz. Y aunque crecí en Bogotá y viví muchos años por fuera, hice muy buenos amigos en Medellín. Sí, yo estaba cómoda, realmente cómoda en mi vida feliz.

Sentir que mi esposo se quejaba de no tener hojas en blanco me despertó. Sentí que la vida me pedía alas y una vez más mi mente inició a recorrer el mundo y sus mil posibilidades. Por esos días la lucha de Alejo mi primo y amigo del alma contra un agresivo cancer se hacía más y más dolorosa. Pero él con su eterna sonrisa se encargó de darle sentido a su enfermedad y entonces su experiencia se convirtió en mensaje y enseñanza: presente, presente, presente, esto es lo único que existe y por eso tenemos que vivir y sentir al máximo cada segundo de nuestra existencia.

¿Para dónde nos vamos? Lo más obvio fue apostarle a volver a estudiar. Los dos somos inquietos intelectualmente así que aun creyendo que nos iríamos en 2-3 años buscamos opciones en Harvard y MIT. Nos aceptaron, nos alegramos y transcurrieron días haciendo cuentas, analizando opciones e imaginando como sería nuestra vida allí. Aunque la opción era atractiva para ambos, hubo una voz interna que nos habló, la voz del alma que a veces negamos cuando va en contra del deber ser. No queríamos seguir un libreto, lo que queríamos era una experiencia de vida enriquecedora, en familia, un viaje hacia lo desconocido en lugar de un título o un reconocimiento que poco aporta para ser feliz.

Recuerdo muy bien ese Domingo en que sacamos el mapa del mundo y armamos a manera de juego una tabla con puntos por variables que eran importantes para Francesco para Tommaso y para mi. Entre las ciudades finalistas estaban  Mumbai, Río, New York, Paris, Trieste y Cape Town. Y aquí estamos, treinta de diciembre de 2015, llegando a Sur Africa para vivir una experiencia que nos saque de la zona de comfort. ¡Un salto al vacío! Llegamos con muchas hojas en blanco, con ganas de vida, de nutrir el alma, la mente y el corazón. Trabajamos más de un año para lograrlo. No fue fácil pero hoy me siento más viva que nunca y en honor a Alejo dispongo mi alma para recibir con amor y absoluta apertura lo que este país y su gente me quiera ofrecer.

Haremos un año sabático como investigadores adscritos al African Center for Cities de la Universidad de Cape Town para estudiar temas urbanos, de prevención de violencia, paz y reconciliación. Queremos documentar nuestros aprendizajes en un blog que hemos llamado “Desdelsur” ya que otro motivo para elegir a Sur Africa fue nuestra creencia de que las grandes innovaciones en desarrollo se están gestando en el hemisferio sur.

Hoy, escribiendo desde un plano más personal agradezco lo aprendido en esta etapa que termina y me preparo para esta nueva experiencia en donde quiero volver a ser niña y escribir hojas en blanco que inician con este blog: “UBUNTU”. Ubuntu es una palabra que proviene de las lenguas zulú y xhosa que puede traducirse como “humanidad hacia otros” o “yo soy porque nosotros somos”. Cuando descubrí esta palabra sentí que era una señal. UBUNTU representa lo que me mueve en el mundo y los sueños que he perseguido desde muy chica en mi vida personal y profesional. Por esto lo elijo como el título de mi blog. Lo escribo sobretodo para mi misma, para detener el tiempo y nunca olvidar. Lo escribo para mi hijo, para mis padres y mis hermanos y para amigos presentes y futuros que como yo disfrutan la idea de alimentarse de la experiencia del otro. Lo escribo para nunca morir.